Lectores:
Me disculpo haber por durado tanto tiempo en volver a escribir. Los últimos días y los que vienen no he podido ni voy a poder escribir con mucha frecuencia. En el pasado ha sido porque El Autor quiso que me enfermara. Yo sigo sin entender el objetivo que tiene el virus de la gripe en este mundo, pero suponiendo que hay uno, lo cumplió conmigo la semana anterior; y en los días que vienen, voy a estar muy ocupado con eso que llaman exámenes. De hecho, hoy no pensaba escribir. Debería estar estudiando en este momento, pero desde hace días pensamientos curiosos han estado cruzando mi mente y quisiera compartirlos con ustedes.
Las cosas que me han sucedido me parecieron muy interesantes aunque para ustedes puedan ser tontas. De hecho, los invito a probarlas y verán que es más emocionante vivirlas que leer acera de ellas. Lo primero aconteció mientras me bañaba hace unos días. Usualmente, cuando yo me lavo el cabello lo hago con la ducha de frente y bajando mi cabeza de modo que el pelo se venga hacia el frente y caiga. Así es como lo enjuago. Ese día, me sobraba tiempo y luego de esto decidí darme la vuelta y pararme de modo que le diera la espalda a la ducha y que el agua sola cayera sobre el pelo, lavándolo. Duré así varios minutos y luego de quitarme bien el champú, seguí dejando que el agua cayera sobre mi espalda. Por supuesto no es la primera vez que lo hago, pero tenía tanto tiempo de no hacerlo que ya había olvidado lo bien que se sentía dejar que el agua tibia masajeara mis músculos tensos (de tanto estrés en la vida siempre tengo la espalda dura).
El otro hecho, sucedió hoy en la mañana. Cuando me tomé un recreo de mi estudio, decidí salir al patio y pensé "nunca me asoleo, debería salir para tener aunque sea un poco de vitamina D". Así lo hice y comencé a caminar con los ojos cerrados, sintiendo el viento y el sol acariciar mi piel. Lo seguí haciendo por unos segundos y fue increíble la sensación tan placentera que me causó. Fue tan relajante dejar que el tacto se estimulara un momento. De nuevo, no es que nunca hubiera hecho eso de salir al aire libre con los ojos cerrados y concentrarme en sentir, pero tenía demasiado tiempo de no hacerlo.
Y la última situación acaba de ocurrir. Por alguna razón decidí acostarme sobre el piso alfombrado de mi cuarto y cerrar los ojos un momento. Cuando los abrí, volqué mi cabeza hacia atrás y comencé a ver mi cuarto boca abajo. Luego vi hacia todos lados y dejé que por un momento mi cerebro se quedara en blanco y asimilara ese espacio tan cotidiano desde puntos de vista diversos, casi como si fuera una película con diferentes ángulos. Fue muy refrescante el sentir ese asombro de ver lo mismo de siempre de una forma tan distinta. Y claro que no es la primera vez que hago eso, cuando niño me encantaba ponerme boca abajo y ver las cosas así, o acostarme en el piso y ver debajo de los muebles o el techo o como todo se ve tan grande y uno se siente como una hormiga, pero desde hacía mucho tiempo no lo intentaba.
Y entonces, con todas esas ideas en la mente de diversas situaciones, todas sensoriales, que son intrínsecamente simples y rápidas pero tan reconfortantes, pensé "¡Qué curioso! ¡Cómo pequeñas cosas como estas pueden relajar tanto y liberar tanto estrés!" Y me puse a recordar una cámpaña publicitaria, creo que de Halls, que salió hace un tiempo y decía "tomate un respiro". Y allí lo relacioné todo.
Por eso, mis lectores, los invito a que se tomen un respiro. La vida es a veces muy agitada. Pareciera como si todo lo que hacemos estuviera cronometrado y planeado. Inclusive nuestros tiempos de ocio son muy estructurados. Cuando salimos de casa o cuando hacemos cualquier cosa para distraernos, estamos pensando en cuánto tiempo tenemos para hacerlo, cuánto dinero vamos a gastar en ello, las cosas en las que deberíamos estar trabajando y que estamos dejando de lado por tomar una siesta o revisar el correo electrónico, y causamos que los pocos momentos en que deberíamos estarnos distrayendo de tanta preocupación diaria que a la larga no es más que tontería (porque la vida es íntegramente simple y cualquier trabajo, o problema que tengamos es porque nosotros mismos nos lo hemos buscado) no lo aprovechamos porque no sabemos cómo hacer algo sin meterlo en la rutina. Y cuando pasan cosas tan inesperadas y tan insignificantes como despejar nuestra mente un minuto, cerrar los ojos y dejar nuestros otros sentidos estimularnos, o ver las cosas de un punto de vista distinto al habitual sólo por el placer de hacerlo, la rutina se rompe instantáneamente y nos sentimos liberados.
De ahí, que yo les pida el día de hoy que cuando se sientan ahogados en el mundo que vivimos hoy día, pausen lo que estén haciendo por el tiempo que dura la sangre en circular una vez por su cuerpo y hagan lo primero que se las venga a la mente. Si quieren gritar, griten; si les provoca saltar, salten; si les dan ganas de cerrar los ojos y oler el ambiente, háganlo; y verán cómo, después de esos 60 segundos, la vida parece haberse reinventado.
Tal vez todo suene como pura basura, pero háganlo y me cuentan lo que sienten (en los comentarios).
Luisro
愚か者の天国
Hace 13 años.

3 comentarios:
Mmmm que te diré... hehe la verdad estoy de acuerdo con eso de disfrutar las pequeñas cosas... pero no se... pienso que no hace falta tener que detener nuestra vida un momento para poder disfrutar de esas cosas... realmente uno puede disfrutar de todo lo que hace y es aqui donde radica una vida plena, en disfrutar todo, hasta lo que llamamos "obligaciones"... :) Felicidades por el post!
No digo que no, pero lo que digo es que cuando usted está muy ajetreado y siente q le va a dar algo por el estrés, se tome un respiro y va a sentir la diferencia
100% de acuerdo... algo que me encanta hacer ami es tener una conversacion con alguno de mis hermanos mas pequeños... se que suena mal, pero a ellos casi nunca los puedo ver(por diferencias de horarios, basicamente), cantar en la cochera(excelente acustica!), mojarme la cara en la ducha con agua mas fria de lo normal...
los grandes placeres de la vida al alcance de los plebeyos.... ;)
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