27 feb 2011

Capítulo 3: De quereres y poderes y otros dichos de las gentes

Dicen algunos de esos personajes sabios de nuestra historia que querer es poder. No hay que explicar mucho el dicho porque todos lo entendemos. Y yo, particularmente, creo que es muy cierto. Todo lo que el Hombre (como entidad filosófica, no por esa tontera de géneros que creen que por decir el hombre se está rechazando a nadie) se ha propuesto lo ha logrado o sigue trabajando en ello. Lo que sucede es que el dicho no implica que el camino para "poder" sea fácil ni que las cosas vayan a salir exactamente como uno las quiere. ¿Quién no ha fantaseado con poder tener alas y sentir el viento bajo ellas mientras se cruzan los aires? Que no se ha podido, me pueden decir, pero yo les aseguro lo contrario. Tómense el tiempo para apreder a manejar un avión y díganme si no se van a sentir como aves (no que yo lo sepa de primera mano, pero varios amigos me lo han comentado y yo estoy seguro de que es cierto). Mi padre dice que para apagar una candela sólo tiene que estar encendida, y yo digo que para hacer cualquier cosa sólo hay que imaginarla, vencer el miedo a lograr lo que se quiere (uno de los mayores de todos) y perseverar para conseguirlo.
Entonces, teniendo en claro la honestidad del refrán con el que decidí abrir el capítulo, analicemos ahora la bilateralidad del mismo. Me parece que esa sería una situación más interesante para estudiar. ¿Será que poder es querer? Claro que no, y gracias a El Autor de la historia porque no. Imagínense. Si poder fuera querer todos querríamos matar a nuestros enemigos, destruir la naturaleza, olvidarnos de la empatía..., y todo simplemente porque se puede. Pero ¿por qué poder no es querer? Si yo quiero que poder sea querer entonces por el primer párrafo el segundo tendría que ser cierto. Me parece que hemos llegado a un punto muerto, mis lectores. El Autor no puede atar todos los cabos, algunos se le han olvidado en el camino y entonces aparecen esas contradicciones de la vida. Mejor dejamos ese tema botado y cambiamos a otro.
Ayer en la fiesta que les comenté (refiérase al capítulo 2) me encontré con una conocida que tenía años de ver. Cuando estábamos en el colegio, fuimos compañeros y nunca nos llevamos muy bien. Yo, era una persona muy prejuiciosa y, quizás aún lo soy, pero por alguna razón ni ella nunca logró soportarme ni yo lograba hablar con ella sin arrugar la cara. Y sin embargo, estábamos los dos inmersos en el mismo grupo de amigos y almorzábamos juntos todos los días (de nuevo una contradicción). Ayer, la vi de nuevo y me impactó algo. La muchacha estaba super cambiada, ahora era amable, agradable, graciosa y hasta me gustó haberla vuelto a ver para preguntarme algo. ¿Qué habrá cambiado? ¿Será que yo cambié y ahora me es más fácil aceptar los pequeños defectos en la gente y ver sus bondades mayores? ¿O será que a ella el ambiente de haber estado en otro colegio y haber compartido con gente distinta la hizo entender que tenía que dejar de ser tan odiosa? La respuesta es incierta, y todo el tema podrá parecer fuera de tono con el incio del capítulo, pero lo único que se puede saber verdaderamente es que ahora ella y yo, aunque no lo creo porque hay pocas probabilidades de que nos volvamos a ver, podríamos ser hasta buenos amigos.
Entonces, y aquí es donde todo se cohesiona, llegué a una conclusión. Querer no siempre es poder, poder casi nunca es querer y hay otro factor que viene a colación. Lo que se quiso y se pudo (o no se quiso ni se pudo) es completamente distinto en momentos diferentes de la vida. Y aquí es cuando interviene el verbo tiempar, según la Real Academia de That Vice Called Thinking, se define como la acción de estar en un tiempo específico. Y así, con todas esas ideas en la mente, propongo que construyamos un nuevo dicho. "Querer es poder cuando se tiempa correctamente". Analícenlo y sí piensan algo al respecto, coméntenlo. Me despido. Chao!

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