Ante todo, me disculpo. Hace tiempos vengo haciendo micropublicaciones asquerosas. La historia está en remodelación y entonces hay tanto escombro suelto y pedacitos de páginas vuelan por tantas partes que algunos han caído en este blog. Espero centrarme un poco más de hoy en adelante. Gracias por su comprensión.
Además, espero me perdonen y comprendan de antemano si tengo que salir corriendo al baño a vomitar. Tengo muchas ganas de hacerlo. No sé si es tanta mierda que comí el fin de semana o el remolino de pensamientos/sensaciones que está en mi cabeza. Como consecuencia de las mismas renovaciones a las que ha sido sometida nuestra narrativa, en los últimos días y en especial hoy, me ha estado costando mucho trabajo ver claramente. Todo pareciera bifurcarse y bifrontarse (¿existirá la palabra?). Me siento nadando en el cálido vómito de todas las pinturas de Dalí, Picasso y alguno de esos artistas abstractos. Espero poder contener mi regurgitamiento sin tener que manchar las sábanas. O, espero que lo que vomite sean conejitos.
Si todas mis entradas a este blog que es la vida son absurdas, egocéntricas y posiblemente ambiguas para todos aquellos que no son yo o mis más cercanos amigos de Facebook, ésta será el epítome de ello. No tengo nada de qué hablar, sinceramente, pero si no lo hago pronto voy a explotar y ningún bien podría traerme eso. No sé si El Autor los habrá llevado a sentir esto, pero es una mezcla entre asco, sueño y ganas terribles de llorar.
Por alguna razón, no puedo dejar de pensar en que esto debe haber sido lo que sintió Luisa Santiaga mientras caminaba hacia la casa de su comadre Plácida a avisarle que le matarían a Santiago. Tampoco sé por qué siempre me ha fascinado ese personaje. La mujer autorecluida en su propia casa, posiblemente agorafóbica, decide dejar todo botado y salir corriendo a avisar a su comadre que ése quién fue bautizado en su honor va a ser asesinado, la furia de su caminar en que ni siquiera nota que lleva arrastrado a su hijo por las calles mientras reniega de los hombres de mala ley y la absurdidad de aquella frase "Ni se moleste, Luisa Santiaga. Ya lo mataron." El fracaso total. La sensación de tragedia al saber que le ha cogido tarde y que aquel yace tripas abajo en la cocina de su madre. Me fascina.
Tomé agua. Bebí medio litro de un sorbo y tengo aquí la botella. El vértigo de estar frente al barranco de la vida, de donde no hay otra cosa más que hacer que caer al vacío si se decide tomar la decisión de lanzarse, ha cesado un poco, pero sigue ahí latente. ¿Sólo yo quisiera dejar de pensar? Hay momentos en que el cerebro debería apagarse. "El pensamiento es el peor enemigo del hombre" es un parafraseo de algo que me dijo quizás el peor profesor que he tenido en mi vida, pero que en un momento de diferencia, fue sabio.
Sería más fácil no haber nacido, pero qué gracia habría en ello. Creo que contemplaré un momento más el mar de niebla que yace frente a mí: el caminante de Friedrich. No estoy dispuesto a deshacer lo andado, no estoy listo a lanzarme al vacío. Si me espero, tal vez haya un temblor grande y las placas se acomoden de modo que ya no haya más barranco. Al fin y al cabo, en esta novela de ficción que es todo, cualquier absurdidad es posible. "Ni se moleste Luisa Santiaga. Ya lo mataron".
- Follow Us on Twitter!
- "Join Us on Facebook!
- RSS
Contact